Balas Perdidas

Balas Perdidas —15 by Lucas Corso

Publicado por J RE CRIVELLO el 17 FEBRERO, 2022

 

De camino a su habitación se sintió con el valor suficiente para tocar a la puerta de la habitación número veintiuno y hablar cara a cara con la chica. Ella ya se había dirigido a él con aquel gesto desde su mesa, ya sabía que estaba ahí y que la había reconocido, por lo que no tenía sentido andarse con más rodeos. Sin embargo, justo cuando estaba ante la puerta y se disponía a llamar, vio algo que lo dejó helado: la puerta de su propia habitación estaba entreabierta. De nuevo volvió a sentirse observado, aunque esta vez no tuvo que andar buscando a la intrusa por los rincones. Al empujar la puerta y acabar de abrirla del todo la vio sentada en su cama, observándolo. Cuando Balart entró se puso de pie, mirándolo fijamente a los ojos, averiguando mucho más de lo que él estaba diciéndole con ellos, metiéndose dentro de él, traspasándolo con unas dentelladas que no era capaz de imaginar y que sin embargo le abrían la carne mostrándole cada una de sus intenciones. Y ahí, perfilada por la luz que entraba por la ventana tras ella, Balart tuvo la impresión de estar viendo algo que no era de este mundo y que en cualquier momento desaparecería transformándose en una cosa totalmente distinta, estando entonces él completamente a su merced, incluso más de lo que ya sentía que lo estaba. Fue ella la que se acercó hasta él, haciéndose cada vez más grande, desafiante y a la vez conciliadora, como si su intención no fuese más distinta que la que tienen dos animales que acaban de encontrarse en una habitación con una única entrada pero ninguna salida: mirarse, husmearse, asegurarse de que ahí no va a haber más problemas que los que uno de ellos quiera plantear, a poder ser ninguno; intentando encontrar cada uno un espacio en el que coexistir con el otro sin entrometerse más de lo necesario, tal vez nada.

—Vete. — le dijo la chica con un marcado acento cuando estuvo frente a él. — No te quedes.

Balart, sorprendido ante estas palabras de la misma manera en la que lo había estado con el gesto que ella le había hecho desde su mesa en el comedor, abrió un poco la boca para emitir una respuesta que no fue capaz de encontrar el camino hacia su boca y que acabó desvaneciéndose hasta transformarse en una especie de quejido mudo. Ella ya lo había mirado, ya lo había husmeado y olido y ya había comprendido qué animal representaba él en esa jaula en la que estaban a punto de meterse. Sin embargo, seguía ahí plantado frente a la puerta de entrada, y ella no parecía estar dispuesta a empujarlo ni a verlo entrar por su propio pie, provocando entonces el peor de los problemas. Por eso le volvió a advertir:

—Vete de aquí.

Aunque más tarde Balart recordaría que fue ella la que lo hizo a un lado, la realidad es que fue él mismo el que se apartó, dejándola salir de la habitación sin haberle preguntado siquiera dónde se estaba metiendo y por qué él no podía hacerlo. Cuando estuvo en el pasillo se giró y lo volvió a mirar para finalmente desaparecer y meterse en su habitación. Y de nuevo volvió Balart a escuchar un estornudo al otro lado de la pared al que respondió exactamente igual que la vez anterior:

—Salud…

Sin embargo, más tarde tampoco recordaría que esa fuese la única palabra que pudo decir desde que viera a la chica sentada en la cama de su habitación, del mismo modo que no recordaría el “gracias” con el que ella le respondió. Aunque esto sencillamente se debió a que no lo pudo escuchar.

Balart no salió en toda la tarde de su habitación. Permaneció estirado en la cama, escuchando atentamente cualquier sonido que proviniera de la habitación contigua, pero el silencio era absoluto. Si no supiera que la chica estaba ahí, habría pensado que estaba vacía. En un principio el plan había sido esperar a que saliera para seguirla, pero después del encuentro de esa tarde tenía la seguridad de que hacerlo habría sido una estupidez. Y aunque dejarla ir podría suponer el perder definitivamente la pista que lo condujese hasta la segunda bala de plata, no sentía que tuviera otra alternativa. Ahora mismo, lo único a lo que podía aferrarse era a que esa pista estuviese en el jardín trasero al que el señor Hernando no le había dejado acceder. De modo que, sentándose en el mismo lugar de la cama en el que había estado sentada la chica, esperó a que estuviera anocheciendo para realizar el siguiente movimiento.

Lejos de esa habitación, del hotel y de Bon, Héctor Albán observa a un hombre en una cama de hospital. Junto a él, en el suelo, un perro duerme. No es costumbre que los animales puedan entrar en este hospital, pero, en un caso como aquel, habían hecho una excepción. De alguna manera, ese animal también está convaleciente del ataque que ha sufrido su dueño. Aunque, claro está, ha salido mejor parado. El doctor pasea su mirada a lo largo del cuerpo del paciente. Al menos de lo que queda de él. Piensa que con muchísimas menos heridas ya ha sido suficiente para que en otras ocasiones haya tenido que hacer una autopsia. Sin embargo, este hombre ha tenido muchísima suerte y todavía vive, lo cual le alegra no sólo por el hecho en sí, sino porque además tendrá la oportunidad de preguntarle quién o qué le ha hecho eso. Por la ventana ve ponerse el sol lentamente tras los edificios que dibujan la silueta de una ciudad cansada ya de un año que a punto está de acabar. El cielo, convertido en un incendio de rojos y naranjas, ilumina las lágrimas de una mujer sentada en una silla que, aferrándose tal vez a las mismas cuerdas que mantienen con vida a su marido, lo mira suplicándole que no lo deje marchar, que haga todo lo posible para que luche hasta que vuelva a abrir los ojos. Pero ese no es su trabajo, y además quién sabe si el hombre, del que ni siquiera conoce su nombre, preferiría seguir con los ojos cerrados para no tener que ver en lo que se ha convertido. La vida siempre es más importante, se recrimina Albán. Pero, ¿hasta cuándo? ¿Y a qué precio?

En Bon, los naranjas en el cielo ya habían comenzado a templarse y Javier Balart, de pie junto a su coche en el aparcamiento, escucha el bramido apagado por la distancia de un trueno amenazador. Era lo último que necesitaba esa noche: otra tormenta. Pero era la única noche de la que disponía en Bon, por lo que no podía echarse atrás. Caminó rodeando el edificio y pasando junto al coche azul de la chica. Observó una pegatina en la luna trasera donde se podía leer TransferCar, el nombre de una empresa de alquiler de vehículos. Memorizó la página web que estaba indicada bajo el logotipo y, tras echar un rápido vistazo al interior, continuó caminando hasta desaparecer tras una furgoneta blanca. La chica, que lo había estado observando desde la ventana de su habitación, también se esfumó tras las cortinas.

Anduvo por la acera que corría junto al ala este del hotel mirando hacia las casas que había al otro lado de la calzada. Aunque todavía debería verse bien, el hecho de que algunas nubes hubiesen comenzado a aparecer en el cielo había hecho que en algunas de esas casas ya estuvieran las luces encendidas, no así en la mayoría de coches con los que Balart se cruzó. Al llegar al final del edificio, una verja siguió marcando el perímetro del mismo e impidiendo el acceso a su parte trasera, esto es, a sus dos jardines, tanto el destinado a los clientes del hotel como el privado. Sin embargo, desde donde estaba, Balart no podía ver este último, pues entre la verja y unos setos situados al fondo que presumiblemente ocultaban ese jardín, había un pequeño huerto del que seguramente obtendrían algunos de los productos que utilizaban en la cocina. Se preguntó si sería el propio señor Hernando el que se encargaría personalmente de ese huerto, pero no logró imaginárselo muy alejado de su sillón de mimbre. Haciendo una alto en el camino, observó que la verja seguía un buen trecho, penetrando incluso en un pequeño bosquecillo que separaba esa parte del pueblo de una de las montañas que conformaban los límites del valle en el que estaba situado. Pensó que esa parte más frondosa le sería de gran ayuda protegiéndolo de miradas indiscretas si finalmente decidía saltar la valla. Se subió el cuello del abrigo y reanudó la marcha. En más de una ocasión había mirado hacia atrás, pero no había visto a nadie. Ahora, habiendo llegado por fin al final de la verja, volvió a girarse para ver de repente a alguien de pie al fondo de la calle, justo en la esquina del edificio. Intentó averiguar si era la chica o alguien que pudiera reconocer, tal vez algún trabajador del hotel, pero no le pareció que hubiera visto nunca a esa persona. Definitivamente no podía ser la chica, ya que ni de lejos era tan corpulenta. Además, no se la imaginaba con aquel sombrero. De todos modos, tampoco estaba mirándolo a él, simplemente estaba apoyado en el capó de la furgoneta blanca aparcada cerca del coche de la chica, y miraba al otro lado de la calle.

Balart observó entonces el camino que tenía por delante: ninguno. Justo donde acababa la valla, el panorama se transformaba completamente, pasando del cuidado césped y los caminos bien rastrillados del huerto del hotel a un terreno más frondoso, con espesos matorrales que no dejaban ver dónde comenzaban los árboles ni intuir ningún camino por el que deambular. Pensó que lo más inteligente sería avanzar guardando una distancia segura con la verja para no descubrirse, pero sin alejarse lo suficiente como para perderse. Todavía no sabía muy bien qué haría cuando llegara a la parte trasera del jardín, suponía que saltar, pero entonces tendría que esperar a que anocheciera del todo. No obstante, dado que prácticamente ya estaba nublado, calculó que no tendría que esperar mucho más para que la escasa visibilidad jugase a su favor. De modo que, mirando a un lado y a otro y viendo que ya ni siquiera la persona junto a la furgoneta estaba ahí, se internó en el bosque.

Total visitantes:
6603

Total vistas de página:
23726

Comparte esto en tus redes sociales ...
Share on Facebook
Facebook
0Tweet about this on Twitter
Twitter
Pin on Pinterest
Pinterest
0
0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *