Antes de culpar a los demás sobre ella, vamos a compartir alguna consideración. Empieza por no ser poca cosa tener alguien a quien decir cómo nos encontramos.
La soledad es constitutiva del ser humano. Nadie vivirá nuestra vida, nadie morirá nuestra muerte y nadie dirá nuestra palabra. Y comencemos exactamente por el lenguaje, que es la relación de cada quien con su propia muerte. Hablar es cosa de mortales, quienes ofrecemos, sin embargo, vida. La palabra es tan singular, irrepetible e insustituible como cada uno de nosotros. Pero en ella nos reconocemos y nos comunicamos.
Por eso, siempre en cierto modo, estamos solos. Y como Nietzsche dice, fastidiados: “El fastidio es un estado de ánimo que obedece a unas causas, eliminadas los cuales, no se elimina el fastidio”.
Y así somos y estamos, de alguna manera, siempre aislados. Ahora bien, podemos configurar y constituir todo un archipiélago, que es el conjunto de islas unidas por lo que las separa. Y, efectivamente, esa soledad constitutiva es más llevadera con otros, con otros a quienes querer y con quienes querer. Porque el amor es ir con alguien, y no siempre hacia algo conocido o existente. Es incluso trabajar y luchar juntos por generar y crear nuevas posibilidades de vida y modalidades de existencia.
Hay otra soledad, la que no es sin más constitutiva, ni elegida, la de quienes están solos, la que es producto de una vida no siempre fácil, la de quien no tiene a nadie. Y hemos de afrontarla.
Un solitario sabe que nunca ha de dejar a ninguno, a ninguna, en esa intemperie sin horizonte.
Sí, somos solos, pero con otros, con otras.