Llevaba francesitas rosadas con brillo

Llevaba francesitas rosadas con brillo

El 24 de junio, Abrahanyerling Flores, de 13 años, estaba con su madre y su hermano, de 10 años, en la OPPPE 26, un edificio de La Guaira que se vino abajo y se incendió con los terremotos. La familia encontró a la madre fallecida y al hermano herido en un hospital. Y tiene la certeza de que a Abrahanyerling también la encontraron, pero necesitan un documento que se los confirme, para darle un cierre a esta historia. 
FOTOGRAFÍAS: ÁLBUM FAMILIAR

Abrahanyerling Flores siempre ríe frente a la cámara. Un cuadro la muestra de frente; en otro parece coquetear con quien la retrata; en el último, se aparta el pelo rizado del rostro. 

Ante esas imágenes, Maryelin Presilla, su tía, de 46 años, dice que su sobrina habría cumplido 14 años el 4 de septiembre. Que cantaba y bailaba en la iglesia; que había participado en el coro de la orquesta sinfónica de Caraballeda, en La Guaira; que había jugado fútbol, aunque luego no continuó. 

“Era chiquitica, flaquita, inocente, diferente a las niñas de hoy en día. Muy dulce”, dice la tía. 

El 24 de junio de 2026, Maryelin estaba en su casa, en La Vega, en Caracas. En medio de los terremotos de ese día, pensó en su hermana Evelin Sánchez, de 38 años, que vivía con sus tres hijos —Darling, de 21; Abrahanyerling, de 13; y Yordano, de 10 años— en el piso 10 de la OPPPE 26, en Caraballeda. 

—Si aquí en La Vega se sintió así de fuerte, allá tuvo que ser peor —se decía—. Por la altura de ese edificio, allá tuvo que ser peor…

Intentó llamar a Evelin, pero no logró comunicarse. No había señal telefónica. Pasó la noche y la madrugada con el teléfono en las manos, esperando que entrara una llamada o un mensaje, cualquier noticia de Caraballeda. 

A las 5:00 de la mañana del 25 de junio, un amigo —quien había bajado a La Guaira, pues su familia también vivía en la OPPPE 26— la llamó para informarle que el edificio donde vivía su hermana con sus sobrinos ya no existía. Y le contó que la estructura no solo se había venido abajo, sino que también se había incendiado: en el desplome, las bombonas de gas de la urbanización comenzaron a estallar en cadena y el fuego alcanzó varios apartamentos, entre ellos el de Evelin.

Al colgar el teléfono, muy alterada, Maryelin reunió a su hijo, a su mamá y a sus hermanos —José, de 34 años; y Yosmer, de 30; a Darling, la hija mayor de Evelin, que estaba en Caracas con su novio cuando ocurrió el terremoto— y, junto a otros vecinos y amigos, decidieron enrumbarse hacia La Guaira. 

Pero justo antes de salir apareció una noticia que cambió los planes. 

José encontró en Instagram una lista de pacientes ingresados en el Hospital Pérez Carreño. Allí leyó el nombre de Yordano. Lo habían rescatado durante la madrugada y trasladado solo hasta el Seguro Social de La Guaira. De allí lo llevaron a Caracas.

Maryelin decidió ir por él. 

Los demás siguieron hacia el litoral.

Maryelin llegó al Pérez Carreño a las 9:00 de la mañana. El nombre de Yordano no estaba en los listados pegados en la entrada. ¿Cómo no? ¿Cómo no estaba si en la lista que vieron por Instagram aparecía? Desesperada, la tía comenzó a recorrer los pasillos y a preguntar por el niño.

—¡Se llama Yordano Flores! ¡Tiene 10 años! ¡Viene de Caraballeda! ¡Dígame si está aquí…!

Pasó de un piso a otro repitiendo su nombre hasta que una enfermera la escuchó y le pareció que se refería a un niño que estaba ahí. Se llamaba Yordano, venía de La Guaira. La llevó hasta él.

Sí, era su sobrino. No había duda. Estaba en un pasillo abarrotado de heridos, con el cuerpo hinchado, quemaduras en la piel y sin poder moverse. 

—Estoy bien, tía, aquí estoy —le dijo el niño con un hilo de voz.

El 1ro de julio, Maryelin pudo trasladar a Yordano a la clínica La Floresta, donde tuvieron que operarlo por segunda vez de los tendones rotos de la mano izquierda, después de que la primera intervención, que le hicieron en el Pérez Carreño tras su traslado desde el Seguro Social, no saliera del todo bien. Mientras el niño intentaba recuperarse, ella seguía en contacto con su hijo, sus hermanos y sobrinos, que permanecían en la OPPPE 26.

Durante los dos primeros días removieron la tierra y el concreto con picos, palos y las manos desnudas. Recién al cuarto día llegaron varios equipos internacionales de rescate. Darling aportó todos los detalles: de Evelin, habló de su manicura; de Abrahanyerling, que llevaba una pedicura con francesitas rosadas y brillo. Pasaron mañanas, tardes y noches entre escombros, a la expectativa. Semanas después, pese a que ya no encontraban señales de vida, siguieron insistiendo, esta vez con el apoyo de rescatistas y maquinarias. Ya ningún familiar podía adentrarse en los escombros.

El 12 de julio, el mismo día en que dieron de alta a Yordano, cerca de las 5:00 de la tarde, encontraron el cuerpo de Evelin atrapado contra la reja de su apartamento. No había logrado salir. La enterrarían dos días después, el 14 de julio, en el Cementerio General del Sur.

De Abrahanyerling seguía sin haber rastro. Las comisiones del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) les recomendaron a los familiares que denunciaran su desaparición.

 

En los días siguientes, Yordano trataba de reconstruir lo sucedido. Al principio dijo que, cuando tembló, él y Abrahanyerling estaban con su mamá en el apartamento. Pero después cambió la versión: contó que él, su hermana y un vecino jugaban en el apartamento de al lado, mientras que Evelin y la mamá del vecino cocinaban juntas en el apartamento de Evelin.

Ese cambio de relato dejó una pregunta que la familia no podía responder: ¿por qué entonces Abrahanyerling tampoco aparecía en el apartamento de la vecina? Pensaron que la fuerza del colapso la había lanzado lejos o que alguien la había rescatado en las primeras horas, como había pasado con Yordano.

La incertidumbre sobre la niña no hacía más que crecer.

El 17 de julio, Maryelin se enteró por las noticias en Instagram de que las autoridades exigían pruebas de ADN a los familiares para identificar los cuerpos no reconocidos. Dos días después, fue con Yordano y Darling a la morgue de Bello Monte. Si Abrahanyerling estaba entre esos cuerpos, quería encontrar una manera de identificarla. Allí les tomaron sus muestras de sangre, llenaron las planillas con los datos que pudieran ayudar a los forenses, si tenía lunares o cualquier otro rasgo particular, y llegó la denuncia que habían hecho en el Cicpc.

También les permitieron revisar el archivo fotográfico de los cuerpos ingresados durante los primeros días tras el sismo. Entre cientos de imágenes, una fotografía las detuvo: eran los pies de una niña. Las uñas estaban pintadas con unas francesitas rosadas con brillo. Cuando Darling vio la fotografía, comenzó a llorar.

—¡Es ella, es ella! —dijo.

Esa foto y los datos que habían aportado llevaron a los especialistas a cotejar el cuerpo con los registros de Abrahanyerling durante los días siguientes. Una antropóloga dental y la directora de anatomía patológica participaron en la identificación. No había información sobre dónde ni cómo habían encontrado los restos. Tampoco estaban los brazos ni buena parte de la cabeza.

Sin rostro que reconocer, buscaron otras coincidencias. Compararon la forma de los pies y las uñas con las piernas de su hermano; revisaron el contorno de una oreja, donde todavía quedaba un resto de cabello; buscaron cerca del ombligo la cicatriz de la operación de hernia que le habían hecho cuando era bebé. También cotejaron su estatura y los registros dentales.

Al día siguiente, Maryelin volvió a la morgue con Darling y Rosanna, la tía paterna de Abrahanyerling. Las tres participaron en el reconocimiento de las características que todavía podían verse en el cuerpo.

Todo señalaba que sí era Abrahanyerling, pero la identificación no era concluyente porque no podían ver su rostro.

Apartir de ahí, Maryelin recibió versiones distintas sobre lo que ocurriría si firmaba el reconocimiento anatómico. Algunos funcionarios y médicos le dijeron que, si lo firmaba, la prueba de ADN, que había comenzado el 21 de julio, quedaría paralizada. Otros, entre ellos la directora de anatomía patológica, le aseguraron que el análisis genético continuaría de todos modos.

El problema era que el tiempo se agotaba, porque como el cuerpo llevaba un mes en la morgue, estaba por ser trasladado a una fosa del Cementerio La Esperanza, en La Guaira, junto a otros restos sin identificar.

Para recibir el resultado del ADN tampoco había una fecha clara: primero les hablaron de 20 días; después, de mes y medio. Si esperaban ese resultado y el cuerpo ya había sido trasladado, aunque el ADN confirmara después que era Abrahanyerling, no habría manera de retirarlo de la fosa, hasta uno o dos años después, cuando la ley permitiera exhumarlo.

Maryelin buscó una alternativa y preguntó a los médicos:

—Si ya tenemos un 80 por ciento o 90 por ciento de certeza de que es mi sobrina, ¿no pueden detener el traslado hasta que llegue el resultado del ADN?

—Vamos a intentar detener el trámite, pero no podemos garantizarlo, porque la morgue tiene poco espacio —respondió uno de ellos.

La posibilidad de que el cuerpo terminara en esa fosa se sentía como una condena. Eso llevó a Maryelin a tomar una decisión: sin esperar el resultado del examen genético, firmó el acta de reconocimiento anatómico para detener el traslado.

El miércoles 29 de julio, un mes y cinco días después del terremoto y tras recibir el certificado de defunción, la familia pudo enterrar a su sobrina junto a Evelin en el Cementerio General del Sur.

Han pasado 43 días y el resultado del ADN todavía no ha llegado. 

Maryelin no sabe si algún día lo recibirá.

—Me gustaría que nos terminaran de corroborar con el ADN para tener tranquilidad —dice—, aunque todo apunta a que es ella. 

Esta historia es parte de la serie “Los niños del terremoto”, producida por La Vida de Nos, en alianza con Monitor de Víctimas y Tal Cual

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